¿Por qué no te encontré esta vez?, había un espesor que me impedía ver claro, todo eran problemas y errores que se sucedían inexorablemente, ya habías aguantado suficiente. Ya no formaba parte de tu círculo, ya nadie formaba parte de tu círculo, un círculo que habías construido con el paso del tiempo y que habías aislado con paredes cubiertas de espejos, yo sólo podía dar vueltas alrededor de él.
Y sin embargo no reconocías tu reflejo en ningún espejo, y yo simplemente quería ser todo, o algo mínimo en tu vida, pero ser algo en ella, aunque tuviera que convertirme en un espejismo o un reflejo de cada uno de esos espejos, aunque tuviera que decir adiós a mi carne y mi sangre, a mi tacto, a mi oído, siempre y cuando no me cegara ninguna luz que me impidiera contemplarte.
Y por eso te fuiste, que me arrastrara por el suelo tras de tí te impedía avanzar, mi imagen se imponía a la tuya, no cesaba en convertir tu día en el mío, de seguirte a donde fueras, de utilizarte como mi estrella guía. Te fuiste, me quedé sin días, me levanté del suelo tambaleándome y comencé a andar perdiéndome en el ayer, sin un presente y sin un futuro, basando mi vida en el pasado.
Pero ahora yo no paraba de preguntarme por qué no te encontré esta vez, me quedaban tus fotos, pero ya no te encuentro, no reconozco ni tus palabras de despedida, ni tu letra en las cartas. Finalmente llegué a una triste conclusión, el odio me cegó, el odio a mí misma por ser la principal responsable de las marcas
de látigo en mi espalda, el odio a ti, por dejarme sola, observar como me autodestruía y no mirar hacia atrás cuando te seguía, y el odio al miedo a la equivocación, a pensar en el mañana.

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