
Ya no quedaba nada más,
me roía el alma,
me estrangulaba sin piedad.
Magulladas mis manos,
le pedían libertad,
al espanto sin edad.
Arrodillada al alba,
lamentaba sin cesar:
¿por qué yo?, ¿por qué ya?
Temprano mis ojos veían
renacer de la antigüedad,
los monstruos de la humanidad.
Y ahora encarnizado mi cuerpo,
ruego a la oscuridad
mis recuerdos devorar,
enterrar a profundidad,
las noches sin tranquilidad,
el miedo y las ganas de amar.
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